Anécdotas

 

El Sr. Enero nació en Montevideo, Uruguay, en enero de 1917, año en que Roberto Firpo estrenó en Montevideo La Cumparsita (de Gerardo Matos Rodríguez); el dúo Gardel-Razzano grabó su primer disco, y también el propio “Mago” filmó su primera película (muda) y estrenó el primer tango-canción: Mi noche triste.

Enero no tuvo oportunidad de conocer personalmente a su ídolo de la canción, pero sí de escucharlo por radio, como nos contará más adelante.

Aquí nos narra algunas anécdotas, que reflejan su admiración por el “Mago”: 

*** 

¡Carlos Gardel!: cuánta emoción siento al mencionar su nombre, lleno de nostalgia y vigencia a la vez.

Recuerdo cuando yo era un niño de 11 años, en 1928, al ir al Cine Lutecia, en el barrio Goes de Montevideo, a ver cine mudo, donde daban películas de Tom Mix, el famoso “cowboy” de la época, cuya simpatía y destreza me impactaron de inmediato.

Estaba embelesado con aquel astro del cine de entonces, hasta que de pronto, en el silencio de la sala, escuché unas guitarras acompañando a una voz melodiosa y llena de sentimiento, que yo aún no conocía, pero fue tal el hechizo, que de allí en adelante me fue imposible atender la película, y cerraba los ojos para oír mejor y concentrarme en aquel canto de “jilguero”.

Fueron pasando las canciones, que recuerdo perfectamente: La muchacha del circo, Nelly, En un pueblito de España, La hija de japonesita, Ramona, Senda florida, Rosa de otoño, entre otras.

Esos temas me hacen pensar que la voz y la forma de cantar de Carlitos Gardel fue algo natural, único, “de otro planeta” o de un “ángel sin alas” que envió Dios a la Tierra, para emocionarnos con su arte y simpatía. 

Cine Lutecia


Pasaron los años, y en 1931, cuando tenía 14, iba creciendo mi admiración por Gardel y buscaba oportunidades para oírlo.

Por suerte, cerca de mi casa en Montevideo, en la Av. Gral. Flores (barrio Goes), había un comercio de venta de discos, llamado “Casa Trápani”, cuyo propietario, con mucha visión, colocaba una "ortofónica de pie" junto a la entrada de su negocio, y allí pasaba los discos más recientes de diversos artistas, y entre ellos no podían faltar los de Gardel, que eran un imán para convocar a la gente que estaba de paso y se quedaba en la vereda para disfrutar de sus canciones.

Recuerdo que en una tarde de frío, entrando ya la noche, me sumé también al grupo, y pude oír en estreno por Carlitos el tango “Anclao en París”, como sólo él podía cantarlo.

De más está decir que me hice habitué de ese lugar como espectador y oyente.


Al año siguiente, 1932, con 15 años, trabajaba en una panadería, que era de mis padres, y yo repartía el pan en muchos barrios montevideanos, y lo hacía en las clásicas "jardineras" de dos ruedas de la época, tiradas por un caballo.

Como admiraba mucho a Gardel, llevaba su foto con "gacho gris" colgada detrás de mi cabeza.

Entre los clientes había muchos "gardelianos", pero voy a recordar a una muchachita joven como yo, que mirando la foto del "Zorzal" se quedó ensimismada y comenzamos a dialogar sobre las canciones que nos gustaban.

Para mi sorpresa, ella elogió el tango "Esclavas blancas", porque encontró en él el dramatismo de las mujeres que caen en el triste camino del vicio, entregándose muchas veces en forma fortuita o inocente, como también en otras lo hacen en forma consciente.

De ahí que el autor (Horacio Pettorossi, que fue guitarrista de Gardel) dijera: "Pero pensá milonga / que hay una criaturita / de manecitas blancas / que en este mismo instante / que en este mismo instante / tal vez a unos extraños les llamará mamá".

Quedé sorprendido en ese momento por la elección de aquella jovencita, pero después de un tiempo me di cuenta de que ella había madurado antes, y me llevaba considerable ventaja, pues a esa edad los varones estamos para los juegos, el fútbol, etc.

Pero lo importante es que el "Mago", ayer, hoy y mañana nos dará tema para reflexionar y admirar su inigualable forma de cantar.


Como acabo de mencionar, Gardel nos da pie a sus admiradores para contar anécdotas, sobre todo a los más veteranos, que fuimos contemporáneos de su época de esplendor.

En la tarde del 6 de octubre de 1933, año de su última visita a Uruguay, me encontraba trabajando en la panadería de mis padres.

Estaba atendiendo clientes en el mostrador, cuando escuché su voz proveniente de una radio "de pie", que un coronel vecino tenía en la sala de su casa, que daba a la calle, y tenía las ventanas abiertas, por lo cual la voz de Carlitos se oía nítidamente.

Aquello fue una tentación, y sin pensarlo dos veces, fui a la azotea y me acomodé junto a la claraboya del vecino, que estaba abierta, porque era un día caluroso.

Resultó que Gardel había accedido a cantar sorpresivamente por la onda de CX 16 Radio Carve (una de las emisoras más importantes de Uruguay), en la que sería su única presentación en una radio uruguaya.

Aún recuerdo las canciones que entonó: Araca la cana, Yira... yira, Cobardía, Taconeando, Melodía de arrabal, La uruguayita Lucía y Tomo y obligo, entre otros. O sea, temas de su repertorio de ese año, más éxitos que venían de épocas anteriores.

De más está decir ¡cómo las disfruté desde allá arriba!, lejos del ruido de la calle. Aunque, claro está, después tuve que soportar el rezongo de mis padres... pero valió la pena.


Como viejo admirador de Gardel, quiero aportar esta otra anécdota, que me tocó vivir también en esos días de octubre de 1933. La misma es referente a su presentación en el Teatro 18 de Julio, de Montevideo, donde cantó noche a noche durante cerca de diez días, siempre con entradas agotadas.

Unos tíos míos, que eran tan admiradores como yo, me invitaron nada menos que a la función de despedida, y lógicamente yo estaba que "bailaba en una pata" con mis jóvenes 16 años, por la alegría de que ¡por fin! vería a mi ídolo.

Llegó entonces la noche esperada, con la ansiedad imaginable en estos casos. Y cuando estaba listo y arreglado para salir, vino mi padre y me preguntó adónde iba, y le recordé la invitación de mis tíos a ver la despedida de Gardel.

Su respuesta fue lapidaria y desmoralizante para mí: "No vas a poder ir, porque tenés que reemplazar a uno de los muchachos que tiene libre hoy, de los que hacen el pan".

Le pregunté enseguida: "¿Cómo, no llamaron al Centro de Panaderos?", y me respondió: "Sí, pero no hay ninguno disponible, así que tenés que suplantarlo vos", "¡Pero ya sacaron las entradas y además es la despedida!", le dije.

Su respuesta fue nuevamente negativa: "¡Qué despedida ni despedida!, ¡Lo ves el año que viene!, ¡Y no se habla más!"

Yo tenía 16 años, y en esa época la autoridad de los padres era severa y firme, y no quedaba otra opción que obedecer, sin replicar.

Por esa circunstancia me vi privado de ver y oír a Gardel en persona en su despedida, en la que fue en definitiva la única posibilidad que iba a tener, porque no hubo "año que viene" para verlo, y me quedé lamentando mi frustración de disfrutar de su arte incomparable.


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